martes, 10 de enero de 2012

El ultra del asiento contiguo



¿Hay entre sus señorías rotativas algún aficionado al deporte? ¿Son ustedes  habituales del campo de fútbol/ cancha de baloncesto/ pabellón de fútbol-sala?



Si es así, seguro que reconocen esta figura. Lo mismo se sienten identificados. Si es así, discúlpenme de antemano si les ofende.




Una servidora se ha ido calmando por el paso de los años en lo que a hooliganismo se refiere. Pero siempre, hasta en mis peores años, he tenido la fortuna de compartir espacio deportivo con alguien más allá,  con el ultra del asiento contiguo.


Este habitual destroza-tímpanos lo mismo insulta al rival, al árbitro, al jugador propio o al de la megafonía que anuncia los cambios o un coche mal aparcado. Su furia rabiosa no discrimina, escupe verde a diestro y siniestro. Desde el minuto 1, se gane o se pierda, hoygan.
No se crean que el ultra del asiento contiguo es un cafre sin más, no. Es una persona amable: siempre  pregunta a todos los implicados por su madre, familiares fallecidos o por sus relaciones amorosas. Cuán grande es su corazón.

Cuando te sientas al lado del ultra sabes que te espera un partido animado. Si llega el momento en que el partido decae, tu compañero de asiento te hace partícipe de sus preocupaciones existenciales, así no te aburres o te duermes. Eso no lo permitirá nunca. Para el ultra contiguo no hay tema demasiado personal del que no quiera hablarte. O partido en el que no haya estado. O persona que no conozca.

Siempre tiene tema de conversación y mantiene tu atención de una forma única. Aquí es cuando podemos reconocer realmente al ultra: te da codazos simpáticos o golpecitos en el hombro mientras se dirige a ti. Socio- amigo, compañero- , ¿me entiendes no? O tal vez, ¿ves lo que te digo? Eso me lo enseñaron en la carrera, se llama feedback. El ultra del asiento contiguo se conoce que también lo aprendió.

Lo único que le reprocho al ultra contiguo es que no se despida.

Los hay que sí, sobre todo si tienes la suerte de que es abonado (con su asiento fijo); éstos si se despiden, incluso a veces te preguntan si sabes a qué hora es el próximo partido. Todo educación.

Lo que más te duele son los otros, los no habituales, que nunca se despiden. Sólo se van con sus espumarajos verdes saliendo aún por su boca y corriendo para transformarse en la persona cuasi normal que deben ser. Sin mirar atrás. Y tú que pensabas que habías hecho un amigo de por vida. 
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